Un cardón cibernético: El panorama actual de la ciencia ficción en el NOA

Fuerte afluencia, en toda la región del NOA, del género de la ciencia ficción como herramienta para contar historias.

Imagen cortesía Zaida Kassab (apropiacionismo)

En la “aldea medieval”, controlada por drones y cámaras de seguridad de alta definición, que nuestro país todavía es –y más aún nuestra región- un puñado de escritores decidió usar la literatura de anticipación por sobre otros géneros (como el fantástico o el costumbrista) para llevar su visión del mundo a la palabra escrita. 

Esta “nueva ola” surgió hace algunos años y, si bien es probable que haya ejemplos pretéritos, haremos énfasis en lo que está pasando por estos días en la agenda literaria y cuáles son los principales actores de este movimiento (si es que podemos llamarlo así).

El ejemplo concreto más antiguo que encontramos de este género en la región, pertenece a este siglo XXI. Hablamos de una obra eminentemente de ciencia ficción, con todos los elementos del género (y que no se avergüenza de ellos), no solo con unos pocos inconexos o metidos a calzador en un relato cualquiera.

Un día entré a la Biblioteca Popular Cafayateña y el bibliotecario me pasó un libro titulado ¡Alerta…! Cafayate no contesta. Conociendo lo que yo estaba haciendo, y mi profundo interés en el género, me recomendó especialmente que leyera esa novelette dividida además en dos partes. No solo era un relato del género al que me dedico mayormente, sino que además estaba ambientada puntualmente en el lugar donde resido (Cafayate), por supuesto no demoró mucho en convencerme.

En ¡Alerta…! Cafayate no contesta!, el autor Antonio Gery Acosta (oriundo de la ciudad de General Güemes, a pocos kilómetros de la capital salteña) cuenta una historia sobre la desaparición misteriosa de un joven que reaparece años después, de una forma muy extraña, convertido en un emisario intergaláctico. Este es el ejemplo más interesante y concreto de la idea de una novela de ciencia ficción íntegramente establecida en el noroeste que, sin ser quizá la primera creación del género en nuestra región, es definitivamente el ejemplo más añejo del “boom” actual de este en la zona. Con ingredientes heredados: desde la mítica serie X-Files pasando por referentes más locales, como la película Hombre mirando al Sudeste, ¡Alerta…! Cafayate no contesta bordea el drama de las desapariciones rurales mezclando elementos de la ciencia ficción más clásica, otorgando al relato un ribete místico-melodramático.

La ciencia ficción (Antiguamente llamada “ficción científica”, o sea el hacer ficción imaginando como la tecnología avanzaría en el futuro próximo) es tradicionalmente el género que se erige como: “La respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y de la tecnología”, en palabras de Isaac Asimov. 

Ahora, si mezclamos esa anticipación, esa visión de cómo el ser humano debe adaptarse al avance del futuro, con lo cotidiano y controversial del universo tercermundista en el que vivimos, el resultado tiene vectores tan atípicos como familiares. 

Acercándonos más a nuestros días –donde realmente esta “Nueva Ola” de la ciencia ficción del NOA se origina– encontramos dos interesantes (y puntuales) ejemplos. Ambos salidos de Salta y que se instituyen como paradigmas del género en la región fusionando el futurismo y el “high tech” con el corazón de la cultura norteña: Detrás de las imágenes (2018, Editorial Nudista) de Daniel Medina y Gen Incarri (2018, Ay Caramba) de Rafael Caro. Ambas novelas usan, aprovechan, el costumbrismo tanto aborigen como religioso enfrentado al devenir arrollador de la ciencia.

Detrás de las imágenes cuenta la historia de un ataque zombie en una Salta futurista -repleta de publicidades holográficas e hiperconectividad digital- mediante la descripción de videos que uno podría ver en YouTube y como se deforma la información desde la mesa de brainstorming de una productora cinematográfica/publicitaria. Se mezclan los ingredientes pragmáticos del adelanto tecnológico con personajes cotidianos, como pueden serlo un par de estudiantes de secundario obsesionadas con redes sociales o una curandera de barrio, así también parodia el fanatismo católico de las peregrinaciones multitudinarias en las que el autor imagina una horda de zombies descerebrados.

Todo en Detrás… es parodia. Es una visión mordaz de ese “ser argentino” que se balancea entre lo tradicional y familiar, y esa obsesión con la deformación de la información emitida tanto por los titanes mediáticos como la que uno puede ver reproducida en redes sociales desde el celular de una vecina. Ese contraste (Medina es periodista de profesión) es uno de los grandes fuertes del relato. 

En un país donde vivimos en ese constante subibaja entre ese amor por nuestras raíces (el renovado amor multitudinario por el culto a la Pachamama lo delata) y el uso sempiterno del celular y las redes sociales (donde posteamos cada cosa en la que participamos, incluso celebraciones religiosas), es donde se inserta una obra de la calidad de Detrás… donde un grupo de publicistas “chetos” modifica y edita (¿Podríamos decir “deforma”?) el registro de la invasión de muertos vivos por parte de un tipo común. Donde un profe universitario cuenta el “final de la civilización” a través de internet y desde la comodidad de su casa (Pandemia aparte).

La novela no tiene timidez (como sucede también con otros autores contemporáneos a Medina, incluso de Estados Unidos: tal el caso de Ernest Cline y su Ready Player One) en llenar el relato de referencias a la cultura pop ochentosa y noventera, nombrando tanto series como directores de cine que lo influenciaron e “inspiraron” a la obra en cuestión.

Gen Incarri parte desde otro punto. Mientras Detrás de las imágenes es una pura y burlona visión de lo cotidiano en un futuro cercano, Gen se presenta como una ucronía (la llamada novela alternativa, donde un punto del pasado sucedió de forma diferente, o influyó en la historia presente de forma radical).

Al modo de El hombre del castillo de Phillip K. Dick (donde los nazis ganaron la Segunda Guerra y el mundo fue moldeado a la ideología y morfología geográfica de los vencedores), Gen muestra una Salta en un futuro que casi es el presente, donde Estados Unidos prácticamente ha copado con sus bases y presencia militar las calles y donde chocan tanto idioma (la protagonista no habla casi el español) como la vida rebelde del espíritu aborigen. 

¿De qué va? Un científico logra clonar a la llamada “Niña del Rayo”, la momia natural expuesta en la  Museo de Arqueología de Alta Montaña en la capital salteña. Este nuevo ser que posee el gen originario se erige como un mesías autóctono provocando una revuelta popular de los pueblos originarios contra los presuntos invasores. 

Juega también con elementos del llamado “Teslapunk”: la antigua idea de Tesla de unas torres que transmiten energía renovable a través del éter y la posibilidad de la energía infinita. Esa misma electricidad, tan precaria como necesaria en zonas recónditas de todo el país, es usada como elemento de conflicto directo de redención y recuperación de la independencia: Todos sabemos que la energía (como el agua) es la palanca de fuerza fundamental de la globalización para aplastar el individualismo y las identidades originarias.

Estos dos ejemplos, con sus similitudes y diferencias, son los más fuertes ejemplos de lo que la ciencia ficción del norte argentino puede ofrecer: esa mixtura de subgéneros, ideas y elementos de ambos mundos (lo tecnológico y lo telúrico), en un relato que tiene una identidad tan propia como universal. Nuestra cotidianeidad -si bien no siempre reflejada en obras venidas de Estados Unidos o Europa- es la misma de muchos otros rincones del mundo, y también imagina más allá de las estrellas pero de forma diferente. 

Llevando esto a otros espacios -charlando con conocidos y otros autores- notamos como la ciencia ficción es un género con una mayor posibilidad de desarrollo en los próximos años dentro de la región. Un nuevo ejemplo es la antología Coplas intergalácticas y otros yuyos (2020, Kala Ediciones) que reúne 9 relatos de autores de Tucumán, Salta y Jujuy -dos de ellos son los previamente nombrados- del género de ciencia ficción con múltiples enfoques, estilos, y perspectivas de la literatura de anticipación desde una visión norteña. 

Y no solo nos quedamos en encajar robots caminando por la quebrada de Humahuaca, o en platos voladores sobrevolando el “Jardín de la República”, sino que vamos más allá: la visión del acabose y renacer de un planeta, la virtualidad inmversiva de un videojuego, la revuelta de obreros autómatas, la clonación y designación del trabajo o una batalla alienígena en medio de viñedos, son algunos de los elementos que uno puede encontrar en estos cuentos. Lo fabuloso mezclado siempre con lo cotidiano, el espíritu rebelde y crítico de la ciencia ficción adaptado al universo social en el que estamos sumergidos viviendo en esta cuasi-inhóspita parte del mundo.

El solo hecho que exista, de que pueda existir, una antología de tantos autores dedicados casi exclusivamente al género en las provincias del norte de la Argentina, no es un dato menor. Coplas Intergalácticas habla de que, justamente, estas voces necesitan un espacio donde poder gritar -sin boca- al mundo lo que están contando, un cohete desde donde puedan remontarse a la estratósfera y exponer su universo particular.

Y si bien lo nombramos como primer ejemplo, Coplas Intergalácticas  no es el único. Afortunadamente están surgiendo nuevos espacios. 

La editorial jujeña Ben Proyect (en manos de su editor Rodrigo Moltoni) está dando forma a otra antología de ciencia ficción -dentro del subgénero cyberpunk- titulada Anticristo Turbo. Se trata de una retahíla de cuentos ambientados en una Jujuy post-apocalíptica donde un anticristo surge para castigar villanos mutantes, fugitivos robots y corporativos malvados al ritmo de música techno y rugir de motores diésel.

Veamos, como para ir cerrando.

Usted, amigo lector podría decir: “pero él género no es extraño a nuestras latitudes”. Y hablaría con la verdad. 

Nombres como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Angélica Gorodischer, Héctor Germán Oesterheld (por nombrar a los más reconocidos) cimentaron el camino de la ciencia ficción en nuestro país, y sus obras son clásicos reconocidos en el mundo entero. 

Pero de lo que hablamos es puntualmente de esta parte casi olvidada de nuestro país, el noroeste argentino.  

Este NOA donde los escritores conviven día a día con los pormenores de habitar una de las regiones menos favorecidas por las políticas de todas las épocas, y ni hablar de la inclusión cultural en lo que a literatura –y mucho menos de ciencia ficción- concierne. Este NOA donde todavía falta mucho por hacer para que el género realmente tenga el espacio que se merece y debe tener por mérito propio. Este NOA que reboza de mentes creativas interesadas en lograr que sus voces sean escuchadas fuera de la región. 

Es verdad que el panorama se ve un poco más abierto hoy. Desde el Fondo Nacional de las Artes se lanzó, en plena cuarentena absoluta, un concurso puntualmente apuntado a escritores de géneros menos congraciados en la escena literaria nacional. Destacando escritos de ciencia ficción, terror y fantástico, el concurso recibió obras de narrativa, poesía, ensayo e historieta. Propone incluso premios por región, segmentando y dando lugar a cada zona de nuestro país a tener mayores posibilidades de ganar. Pero como todo concurso, se restringe a unos pocos autores que pueden aspirar a ser publicados después de ganar, dejando de lado a muchísimos otros que tienen aspiraciones a ser leídos.

Como un cactus que crece con casi nada de agua -nutriéndose de la más mínima humedad que pueda absorber- la ciencia ficción en el NOA engorda poco a poco, con muestras a cuentagotas, y se mantiene buscando constituirse en una tendencia en este momento tan particular de la historia del mundo. Y ese cactus, ese cardón, vivirá aunque tenga que luchar contra las inclemencias del ambiente convirtiendo sus nervaduras en fibra óptica y sus espinas en protuberancias cibernéticas.



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