«Cosas de mamá» de Diego Rodríguez Reis

Yo me he pasado la vida evitando ciertos lugares, ciertos olores, ciertas visiones. Por caso, una clínica, un hospital. Apenas entrar en un lugar así, ya entro en un estado de crisis, de catatonia. Me inmovilizo, me coarto, no sé, no me puedo mover, no puedo respirar. Más de una vez, me fui redondo al suelo. Hay olores que no soporto: el éter, la lavandina, el lustroso pasillo de un hospital. La demasiada limpieza: por qué tal grado de pulcritud, qué se quiso tapar con eso. Ciertas visiones que no puedo sufrir: la sangre, por antonomasia. Todo lo que se desprende de esa visión, de ese concepto.

Otras personas, sin embargo, adoran esos lugares. Gastaron años de su juventud estudiando, para después pasarse el resto de sus existencias metidos en esos espacios infernales. Mi mamá, por ejemplo. Lo mismo mi hermano. Son felices ahí adentro: en esas gigantes cajas de losa lustrosa llenas de gente enferma. Gente que destila humores, fluidos, gente que supura, que sangra. Visiones y olores tapados por blancas enfermeras, ordenanzas y empleadas de maestranza.

Pasá a buscar la llave de casa por la clínica, decía mamá. Yo mandaba, a mi vez, a mi hermano: me quedaba en la puerta (a metros de la puerta) y él subía, alegremente, a buscar la llave. Siempre tardaba mucho, demasiado (cualquier tiempo es demasiado en un sitio así). Yo cruzaba al kiosco, me compraba algo, cualquier cosa (un alfajor, chicles), algo para matar el tiempo, hasta que él aparecía, con una sonrisa de oreja a oreja, feliz, siempre con la llave y algún souvenir de la clínica: algún apósito, una caja de remedios vacía, muestras gratis.

Siempre me mandaba algún recado con mi hermano: Descongelá el pescado para la cena, No lo pelees al Pollito, No se queden afuera hasta muy tarde, esa clase de cosas. Siempre alguna instrucción o una prohibición. Inútil que mi hermano intentara introducir en ese corpus algún elemento de su cosecha. Cualquier alteración de la estructura original era instantáneamente detectada por mí, tan particulares eran sus inflexiones, el orden de su discurso.

Tanto así, que hay ocasiones en las cuales ha ocurrido el reverso perfecto de tales situaciones: he descubierto a mi hermano repitiendo su discurso, he visto surgir de lo profundo de su voz grave, decorosa, la voz seca, aguda de ella. No me vengas con eso, Pollo, le digo entonces: Eso no es tuyo: esas son cosas de mamá. Y él no dice nada, claro, porque sabe que es así.

Cuando me fui de casa, primero a estudiar y después definitivamente a vivir al Sur, pasé años sin pasar siquiera frente a una clínica, un sanatorio, un hospital. Tengo algún que otro amigo médico o farmacéutico que me soluciona el trámite de tener que ingresar a esos odiosos espacios.

Pero cuando internaron a mamá y la cosa se puso espesa, no tuve más remedio (la analogía más oportuna) que volver, a la Capital y a la clínica. Le dejé mi gata a Mariano, con comida para un mes, me aseguré de que mi suplencia cayera en manos de Fernández Rosso (el único capaz de hacer digerible el programa, a estas alturas del año ya en el análisis de complejísimas construcciones sintáctico―semánticas) y abandoné la comodidad de mi rutina, mi propia vida.

Por supuesto que nunca entré aún. No hace falta, además. En terapia intensiva las visitas son exiguas, en tiempo y forma. Una hora, no más. Y las habitaciones son chiquitas, apenas si entra la cama y un visitante. Una persona más y ya nos estaría faltando el aire a los tres. Me quedo en la sala de espera. Si de repente me angustio o pasa una empleada con ese lampazo hediondo a lavandina, me voy a comprar algo, cualquier cosa, al kiosco. Ya si salgo, no vuelvo a entrar. Lo espero al Pollo afuera. Él me pasa el parte médico. Que es el suyo propio, claro, él es el cardiólogo de mamá. Pero ya no lo encuentro afuera, en el mundo de los vivos: esos quince minutos son el lapso de nuestro estricto diálogo.

Entre diagnósticos (cada vez menos alentadores) y relatos técnicos de cuadros coronarios, mecha información de su vida: su maravillosa mujer, sus adorados hijos, todos rubicundos y futuros diplomados doctores en medicina. Es escucharlo y figurarme una mesa lustrosa, resbaladiza, con platos y cubiertos impecables donde el demasiado detergente delata un reciente pasado de grasa. Me cuesta no imaginarlos comiendo, engullendo alegremente pedazos de carne hervida al tiempo que conversan sobre eccemas, bocios, trombosis, esas cosas.

Así todo, hasta hace tres días. Desde el martes, los resultados comienzan a ser negativos, irreversibles. Esta mañana nos cita la junta médica, al Pollo y a mí. En una oficina impecable, lustrosa, se habla, sobriamente y a media voz, del delicado estado de mamá. Conversan principalmente entre ellos, suponiendo (supongo) que decirle algo al Pollo es decírmelo también a mí; y que seguramente él comprenderá todo mejor que yo, y que sabrá dominar la situación con mayor sangre fría. Cada tantos minutos, me miran significativamente, a los fines claros de expresarme lo que ellos entienden como compasión o comprensión, sobre todo un médico bajito, de copiosas patillas, el más humano de ese grupo.

En síntesis: que a mamá le queda poco (días, horas, minutos). No escucho más, las tecnicidades se las dejo a ellos, los especialistas. La sola mención de la palabra hemoglobina o morfina (o cualquiera que tenga ese sufijo) me provoca náuseas, inmediatas. Salgo, a tomar aire fresco.

Camino un poco, compro unos cigarrillos en el kiosco de enfrente. Sigo hasta la esquina y entro a un barcito. Pido un café, para espantar las constantes amenazas del vómito. 

Mientras fumo y espero el café, miro hacia afuera: atisbo para el lado de la clínica. Cada tanto, algún auto perturba fugazmente mi visión. Llega el café: flojo, tibio, imperfecto. Mejora sensiblemente mi estado de ánimo. Pienso esto, lo de casi siempre: qué dirá mamá, qué diría mamá, que esperaba mamá de mí, de todos, del mundo. Qué pensaría mamá de Mariano, de conocerlo, de conocernos, qué balance y veredicto daría de mi vida, de nuestras vidas. La puteo, bajito, aplastando el pucho contra el cenicero de plástico.

Hace un calor pesado. La tarde no avanza. Cierro los ojos. Triste, irremediable, ya me parece estar viéndolo al Pollo saliendo de la clínica, cruzando la calle sin mirar. Me encara, viene preparándose para repetir (certero, sin fisuras) esas cosas de mamá, las de siempre. Sus últimas palabras: alguna instrucción o prohibición o (lo que mucho más probable) todo eso al mismo tiempo en una sola seca y aguda frase.


“Cosas de mamá” integra el volumen Argentinos a las cosas de Diego Rodríguez Reis. El libro obtuvo el Segundo Puesto (Mención Especial Única del Jurado, integrado por Esther Cross, Silvia Hopenhayn y Federico Jeanmaire) en la edición 2024 del Concurso Nacional de Cuento y Poesía “Adolfo Bioy Casares”, organizado por la Municipalidad de Las Flores a través de la Secretaría de Educación de la República Argentina.


DIEGO RODRÍGUEZ REIS. Escritor. Profesor en Lengua y Literatura. Especialista en Ciencias Sociales con mención en Lectura, Escritura y Educación. Ha publicado nueve volúmenes de poesía y narrativa. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, Estados Unidos, España y Alemania. Ha participado, como autor, co–autor, corrector o editor, en la publicación de más de setenta obras de ficción y no ficción. Actualmente vive en la ciudad de Villa La Angostura, Patagonia Argentina. Dicta Talleres de Escritura Creativa. Co–dirige el sitio La zona (crítica y ficción).



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