Arte de tapa: Zaida Kassab

La poesía es animal: «Latridos» de Gustavo Luján

A fines de 2025, más precisamente en diciembre, en San Salvador de Jujuy, se llevó adelante una edición más del Festival Intergaláctico, el FIDEO, junto a la FEI (Feria de Editoriales Independientes). Un trabajo en conjunto entre Falta Envido Ediciones, Puerta Roja Ed., Wayco (Libros y Artes) y El Ganso Negro. En ese contexto pude entrevistar a Gustavo Luján, poeta riojano/tucumano, que acaba de publicar Latridos (Falta Envido Ediciones, 2025).

En Latridos estamos ante una escritura sensorial e introspectiva que encuentra equilibrio entre la contemplación, el dolor insinuado y la reflexión metafísica sobre el arte y la existencia. Aborda un imaginario poético que se construye desde el latido, el sonido y la vibración —de ahí la confluencia sonora del título: ladrido + latido = latrido, es decir, el corazón hablando a través del animal y viceversa.

Gustavo Luján ha logrado un libro que avanza como una ola y respira como un animal herido. Desde la contemplación plástica de la gran ola de Hokusai hasta el último ladrido que el poema convierte en latido, esta obra traza un recorrido emocional y artístico de enorme delicadeza.

Ilustración: Zaida Kassab
Ilustración: Zaida Kassab
Zaida Kassab: Latridos está organizado en tres secciones: La Proporción Divina del mar, Miniaturas del reino de la noche y Latridos, cada una con un campo simbólico propio, pero que a la vez se articulan en un movimiento mayor enlazando así la obra. Del mar → la noche → el perro/latido. ¿En qué momento sentiste que esos tres elementos iban a convertirse en el esqueleto del poemario?

Gustavo Luján: El libro se armó prácticamente de forma intuitiva. El proceso llevó tiempo. Fue hecho con paciencia y, en una parte, en compañía: Lo trabajé en clínica con Patricio Foglia y después con los editores; aún sigo acompañado, más adelante entenderán desde qué lugar. El libro tiene un hilo que lo atraviesa,  teniéndolo en la mano uno empieza a entender algunas otras cosas. Creo que la pulsión del libro es el arte generando arte, que, a la vez, genera arte y lo sigue generando. Se llegó a esto, el lector dirá si es literatura, si es arte. Hay un elemento que encontré como una definición más formal: este libro sería resultado de lo llamado transposición intermedial, porque hay muchas referencias a las artes plásticas, referencias a la música y mucha intertextualidad; en particular la sección Latridos, que es un homenaje a la poesía y a sus hacedores. Aparecen muchas referencias, algunas bastante explícitas, otras más crípticas.

ZK: Justamente, en referencia a este procedimiento que comentás, la poética del libro se sostiene en algunos procedimientos como, por ejemplo, la intertextualidad plástica y literaria (Hokusai, Van Gogh, Debussy, Masaoka Shiki, Woolf, Kerouac). Esta intertextualidad o transposición que bien decís, de la observación sobre la imagen, va más allá de la contemplación. ¿Cómo llegaste a estos autores, fue pensado o solo sucedió?

GL: Fueron sucediendo. Después sobre una idea base me dejé llevar y así fue tomando cuerpo a partir de un poema, cada parte concreta. “Latridos”, la tercera parte, surgió de una lectura a la que me invitaron en Tucumán, en una sala de teatro hermosa donde entró un perro de la calle. Cuando era mi turno de lectura, no pude leer, lo intenté un par de veces y no pude. Cada vez que agarraba el micrófono el perro ladraba Había algo de mi voz a lo  que el perro le ladraba. No pude leer esa noche. Ese detalle generó que me sentara a escribir sobre ese suceso y que cada vez tuviese más volumen, más cuerpo la necesidad de poner en palabras. Así empezó, así aparecieron otros perros de distintos lugares y tiempos, perros queridos, sí, todos queridos. Creo que no hay ninguno que deteste o que odie. Así la idea del ladrido del perro fue mutando, ya con diferentes características.

ZK: Ya que te referís a esa figura, a la del perro, envuelta en varias capas de significación, de sentido, capas simbólicas: el perro como vagabundo (p.51), el perro en el haiku de Masaoka Shiki (p.52), Laika agonizando en el espacio (p.53), Argos, el perro de Odiseo (p.58), el ladrido quijotesco resignificado (p.59), entre otros. El perro se nos presenta entonces como guardián, como víctima, como símbolo de lealtad, como figura del abandono, como reflejo del sufrimiento humano. ¿Sentís que se vuelve espejo del yo poético? ¿Reconocés algo de vos en esa animalidad?

GL: Creo que un poco sí, porque en definitiva el perro dentro del juego que propone el poemario abre capas de sentido. Dentro de ese juego polisémico. ¿Qué contarles, qué decirles? Es inevitable no ser un poco animal, porque de pronto el perro se transforma en el poema. A ver, la clave está en el título de esa entrada, qué es un neologismo qué surge entre el cruce de latido y ladrido, que a la vez es un homenaje a la pulsión, al eros de la poesía, un homenaje quizás al Howl, al aullido de Ginsberg, es como haber puesto casi todas las lecturas amadas en un lavarropas y haber sacado el poemario para colgarlo al sol, al mundo.

ZK: Mi pregunta va hacia esos versos de los cuales quedé prendada, creo que ya lo conversamos, en donde el sujeto lírico, en los últimos poemas, dice: “uno es al final / un perro” (p.58), el yo poético aquí también es un perro. Por eso pregunto: hay un reconocimiento de esa animalidad dentro del humano, ya que como especies también somos animales?

GL: Somos animales y la poesía es animal, porque tiene un elemento salvaje, silvestre, un elemento de eros, de pulsión. También es el verso que más amo, creo que ya lo comenté, sobre la referencia a Jorge Leónidas Escudero, donde ese ladrido del perro también es espantar a la muerte. En la creación artística hay un poco de eso, ¿no? Constantemente, a partir del arte, paramos a ladrarle a la muerte en un intento vano, no sé si la palabra sería trascender, creo que sería muy pretencioso. Quizás este libro tenga un camino, quizás no, pero creo que el intento fue el de demorar la llegada de la muerte en forma de olvido.

ZK: Volviendo un poco a lo que hablábamos, con respecto a toda esta intertextualidad o transposición, todo ese trabajo con la imagen y la música. ¿Te considerás más un poeta que “mira” o más un poeta que “escucha”?

GL: Depende. Hay poemas que van a surgir desde la mirada y otros desde la escucha, porque la poesía se conforma a través de las sensaciones. Vos lo habías resaltado, se conforma desde la construcción, desde el trabajo con la palabra, con la sonoridad, con las imágenes, para capturar el instante en el que uno se encuentra. Y creo que un poquito de los dos, también en otras percepciones que quizás en la poesía no estén como muy presentes, por ejemplo los olores. Hay un poema en la segunda parte que hace una referencia concreta a los perfumes o a los olores desagradables, a las sensaciones.

ZK: Otra figura fuerte en tu obra es lo frágil, lo vulnerable; te pregunto entonces por esos poemas que hablan de lo frágil, quiero saber qué lugar ocupan, no solo en este libro, sino en general. ¿Qué lugar ocupa lo vulnerable y lo frágil en tu concepción del arte?

GL: Creo que es una revancha la idea de la fragilidad, porque los tiempos que corren son complejos, estos que nos tocaron vivir, y más ahora en donde la ignorancia nos lleva puestos por delante: los terraplanistas, los antivacunas y todo ese retorno al medioevo, pero también a la crueldad, a la deshumanización. La poesía es la fragilidad, porque es la humanización, de pronto. ¿Porque qué función cumple la poesía más que humanizar? Hay un poeta mexicano, José Emilio Pacheco, que habla justamente de esto. Tiene un texto hermoso que habla de esto, de que a partir de esa inutilidad de la poesía, de esa fragilidad que tiene de no servir para nada, de pronto, es lo que nos humaniza. Qué loco que por ahí una palabra nos toque una fibra íntima, una simple asociación y que el cerebro estalle solo por una palabra. No sé si las otras especies tendrán esa sensación. Es el logro de la comunicación, el logro humano. Qué fabuloso y qué bello que nos podamos conmover y el acto de conmover en sí, es hermoso que sea frágil y más hoy.

ZK: ¿Querés compartir la lectura de esos poemas?

GL:

Inspiro
Intento
en el cuenco de mis manos
latir la voz
para que sea un ademán en el aire
un ritual para acunar
lo frágil

***

Lo frágil
pequeño mirlo de humo
que anochece en el frío
y se le niega el sueño
de la fruta prohibida.

ZK: Vamos a ir a la primera parte del libro, la primera vez que leí Latridos, recuerdo que me pregunté: ¿es aquí el mar un espejo? El mar aparece como un espacio simbólico donde convergen memoria, sueño y desborde emocional. A su vez, es un mar musical, en donde dialogan instrumentos. Pero también la ola se vuelve garra, espejo, amenaza. ¿Qué significa para vos, en lo simbólico por un lado y en lo emocional por el otro, ese mar, esa ola?

GL: Yo soy un hombre de montaña, nací en Chilecito. La Rioja es un valle rodeado de montañas y conocí el mar siendo adolescente. Cuando fuimos a la parte argentina donde hay mar. Hay un texto de Galeano que habla del niño que va al mar, se emociona y le dice al padre: ayudame a mirar porque esto me emociona. A mí me pasó lo contrario, había creado toda una idea de cuando llegara al mar: iba a correr, me iba a meter al agua, a emocionarme. Y cuando conocí el mar fue una de mis grandes decepciones. Pero el mar, en el poema, funciona de otra forma. De nuevo pienso, qué fabulosa es la capacidad de la literatura para crear mundos, universos. 
Les cuento la anécdota de dónde surge la primera parte del poemario: tengo una tía que es monja y que tiene votos de pobreza, por esto las cosas que le regalaban a ella nos las traía de obsequio, cuando nos venía a visitar. Un día mi tía Inés trajo una caja grande a la casa de mis padres, la de mi infancia, donde siempre hubo instrumentos, gente que leía, gente que escuchaba mucha música y rodeada de arte. Ella pensó: bueno, los Luján son los que van a aprovechar los discos; y trajo una caja con música barroca, clásica, romántica. Era a fines de los ochenta, donde el tocadisco ya no funcionaba y se escuchaba música en casettes. Siempre me llamó la atención la tapa de uno de los discos que era una ola, que yo no conocía en ese momento, que ahora es parte de la cultura popular, y que es la ola de Hokusai. Era El mar, un vinilo sobre la obra de Claude Debussy. Yo tendría diecisiete años en ese momento. Una compañera de la escuela me prestó un libro que se llama Claro de Luna, que es la biografía de Claude Debussy y ahí me entero de que el músico era fanático de de los impresionistas, de las estampas japonesas. Estaba de moda el arte japonés, y, de hecho, los impresionistas son influidos por él. Ahí empiezo a linkear la tapa del disco que trajo mi tía con Claude de Debuzzy. Estando en el exterior por trabajo, en un hotel, específicamente en Brasil, prendo la tele y todos los canales eran en portugués y me enganché, entendiendo a medias, con un documental sobre la proporción divina de los griegos. Ustedes conocerán el caracol que responde a la proporción divina del número de oro, y mostraba que la ola de Hokusai fue hecha siguiendo ese patrón. Empezaron a aparecer muchas cosas en mi cabeza, y quise escribir un poema sobre los discos de mi tía. Así creció la idea y aparecieron los poemas a partir de mucha sincronicidad, de cosas que iban apareciendo vinculado a eso. Inclusive cuando terminé la primera parte del poemario, en la que hago referencia al mar, donde Debussy pone en la tapa la ola de Hokusai, me entero de que en esa obra, para la composición, el músico tomó también el número de oro. Aparece Van Gogh. Una vez que terminé de escribir el poemario y dije bueno, esto lo tengo que cerrar. Apareció Artaud, que también escribió sobre Van Gogh. Y apareció un poema de Susana Cabuchi, a quien adoramos, que también escribió un poema bellísimo sobre Van Gogh. Entonces era mucha información de pronto y una gran fascinación. Y fue muy hermoso trabajarlo y fue hermoso escribirlo, fue hermoso corregirlo. Es un libro que siento que lo hemos vivido de una forma hermosa. Aparte es un libro premiado. Tiene una mención en el concurso Dora Forniaciari de Tucumán.

ZK: Para poder adentrarnos a esta idea. Me gustaría que leas uno o dos poemas de esta primera parte de “la ola”.

GL: Un detalle, cuando el lector se aproxime, encontrará un juego experimental con lo espacial, si bien no son nada modernas, pero de pronto hay. ¿Cómo se llama esto? ¿Cuándo intentas dibujar? Bueno, hay como un dibujito de una ola con un poema, hay como un cuidado consciente del espacio, hay un cruce con la matemática en un poema que intenté, mal me salió, pero fue el intento de incorporar la serie de Fibonacci. Estos poemas/dibujos son caligramas. Van Gogh también era un fanático de las estampas japonesas, de hecho el epígrafe lo encontré después de haber escrito el poemario, y es Van Gogh escribiéndole al hermano, justamente haciendo una referencia en las cartas a su hermano pequeño, que era casi su padre.

Este pelirrojo
pinta retratos de campesinos
de su amigo el cartero
de la mujer del cartero
de los hijos del cartero
de su médico
de una mujer en un café de París
y de la virgen
con el dolor de tener
en los brazos a su hijo muerto

y su propio retrato
con la barba larga
con la barba corta
sin barba
con sombrero de paja
con sombrero elegante
sin sombrero
con el pelo recién cortado
con pipa
con abrigo azul
abrigo verde
con alma
sin alma
con orejas
sin oreja
con vendas
y
siempre
herido.

***

Después de tantos retratos
retumba en su cabeza el silencio
de una estampa japonesa
de esa ola

inmensa ola

que en las noches de invierno
soñaba en ocres y amarillos
una ola arremolinándose
soñada
sobre los campos de trigo.

Me acabo de dar cuenta una cosa, dice en el poema “retumba” y es un libro donde retumban muchas voces. Es un libro de ecos.

ZK: Última pregunta y voy a enganchar aquí con la herida, con este poema que acabás de compartir. Me gustaría que hablemos sobre la primera herida. En la sección final del libro se sugiere un vínculo bastante profundo, si se quiere, entre el dolor, la memoria y el lenguaje. ¿Recordás cuál fue la primera herida —emocional, estética o vital— que sentiste que te empujó hacia la poesía?

GL: ¿Dónde está el diván? Se me viene a la cabeza la primera vez que me emocioné conscientemente de que el arte podía emocionar, debe haber sido cinco o seis años. Los sábados a la noche había un programa en ATC que se llamaba Función Privada con Rómulo Berruti y no me acuerdo el nombre del otro periodista, que presentaban películas antes de pasarlas. Una noche me dejaron ver una, debía tener cinco o seis años y estaba obsesionadísimo con Carlos Gardel. Entonces esa noche pasaban La vida de Carlos Gardel, que era una película protagonizada por el cantante de la marcha peronista, Hugo del Carril, haciendo de Gardel. Obviamente Gardel muere de manera trágica y viene al final de la película convertido en fantasma a buscar a su novia que agonizaba y una vez muerta se la lleva, terminan como dos fantasmas felices y semitransparentes. Recuerdo que lloré un montón con esa película y quedé traumado. Jajaja. 
Esa fue mi primera situación consciente de que el arte me podía emocionar.

ZK: Sí, claro, un hecho artístico punza o debería hacerlo. Barthes refiere sobre eso en La cámara de Lúcida. Me gusta transponer su concepto de punctum a “quiebre poético”, a “hecho poético que te punza” dentro de la obra, de la poesía y desde otras propuestas también, que te movilizan, que de cierta forma te hieren. Bueno, para cerrar, me gustaría que selecciones un par de poemas.

GL: Antes quisiera comentarles que en la presentación del libro en Tucumán, que fue una presentación de abrazos, con los amigos hicimos una acción performática donde se leyeron los poemas. Una experiencia hermosa para vivenciar de otra forma la poesía, no solo con la palabra, sino también con el cuerpo. Por otro lado, un amigo tucumano que vive Buenos Aires, Diego Sosa, me hizo un pequeño regalo, surgido a partir de dos poemas, que es la grabación, con una ecografía de los latinos de mi corazón, de su música.
Considero que este libro termina siendo como una especie de dominó, un hecho estético: un hecho artístico va generando otro y así sucesivamente.
La ola de Hokusai genera en Van Gogh también las ansias de crear y tomar los vórtices para replicarlo, así sucesivamente. Bueno, a partir de este libro se generó otro hecho estético, al final de la acción performática solo quedaban los latidos de mi corazón y una composición en charango sobre el ritmo que regían mis latidos, los latridos de mi corazón.

Derramo una lágrima
ante la indiferencia de las estrellas
la derramo por mí
la derramo sobre mí
por Odiseo y por Argos
por los dos
canto

con la frente marchita
canto
si tu me quisieras lo mismo
que veinte años atrás…


pero lo único que regresa es el desamor
Sentencio porque lo sé
porque de tanto errar en las sombras
uno es al final
un perro
¡Ladran!
me gustaría gritar
¡Laaadran Saaancho!
Pero no
sólo puedo murmurar
ladran para espantar a la muerte
Las palabras no alcanzan
y aunque de rodillas
tenga que hociquear entre carroña
seguiré en la búsqueda
para resistir
los golpes en la vida

a puros golpes de aullidos

golpes de ladridos

de latidos

latridos

Gustavo M. Luján nació en Chilecito, La Rioja, y desde hace años reside en San Miguel de Tucumán. Ingeniero químico de formación, ha transitado también los caminos de la literatura y la gestión cultural siempre. Entre 2013 y 2018 coordinó La Curita Manchada, un taller de lectura y escritura para adolescentes, con el que vio la luz La Curita Manchada. Leer, pensar, crear y crecer en la escuela (2015) y Lapachos (2016). Sus textos han encontrado lugar en antologías, revistas y espacios digitales. En la primavera de 2018 publicó Quedarse con la luz (Editorial Lago). Y en diciembre de 2025 publicó Latridos (Falta Envido Ediciones).


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