Salvaje mundo Perrone. Una narrativa de la negatividad y el fracaso

El arte debe ser como ese espejo
que nos refleja nuestra propia cara. 
J. L. Borges

I.

Hasta hace pocos meses nunca había leído la obra de Eduardo Perrone. El momento propicio llegó gracias a las reediciones de Falta Envido que me dieron oportunidad de saldar una deuda del pasado y leer siguiendo el orden de aparición de los libros. Comencé con Preso Común, que alguna vez abandoné por falta de interés en el caso. Quizás también porque siendo estudiante necesitaba cumplir con lecturas obligatorias de la carrera de Letras, iniciada en 1985. En aquel tiempo de apertura democrática, de participación en centros estudiantiles, de militancia política, la Facultad de Filosofía y Letras era espacio de reencuentros, de recuperación de los lazos sociales que la dictadura había resquebrajado. El histórico bar de Filo rápidamente se había transformado en verdadero ágora; un lugar privilegiado para ampliar conocimientos ofrecidos en las cátedras y continuar interminables conversaciones después de clase con compañeros, con profesores que habían regresado del exilio o habían recuperado sus puestos de trabajo tras haber sido cesanteados por la dictadura. En aquel ambiente de efervescencia democrática se compartían experiencias y recomendaciones de películas, libros, obras de teatro. Allí me hablaron de Perrone por primera vez, un autor situado fuera de los cánones, que por entonces ya era un mito.

II. 

Preso común (1973) es uno de los alegatos más contundentes contra el mal funcionamiento de la justicia y el sistema carcelario escrito en Tucumán en el siglo XX; marcó un hito por la cantidad de lectores procedentes de sectores populares que aglutinó al momento de su publicación y en años posteriores. Después de aquel éxito editorial, el autor continuó su trayectoria literaria con tres novelas construidas, en parte, sobre recuerdos autobiográficos. En el ocaso de la dictadura cívico-militar (1976-1983), después de años de prohibición y silencio, aparece editada por Galerna Los pájaros van a morir a Buenos Aires (1983), completando el ciclo narrativo iniciado con Visita, francesa y completo (1974) y Días de reír, días de llorar (1976).  

En las tres ficciones los personajes narran en primera persona diferentes lapsos de vida en un tiempo histórico que abarca desde la década del cincuenta hasta mediados de los años setenta: los primeros gobiernos peronistas y el posterior derrocamiento de su líder; más tarde, el regreso de Perón a la Argentina en medio de una asonada de violencia, cuyo registro es muy preciso en la escritura dado que la narración de la última historia se ubica entre 1974 y 1975. En Visita, francesa y completo, el capítulo veinticinco refiere una protesta popular y la violenta represión iniciada antes del Golpe de Estado de 1976: “los obreros, los estudiantes, el pueblo peleaba en las calles con la policía. La pelea era despareja, como pasa siempre que pelea un pueblo. De un lado piedras, hondas, panfletos. Del otro armas automáticas, gases y bastones”. Fragmentos concisos que se repiten en una y otra novela, dan cuenta del contexto histórico y del trasfondo socio-político que condicionan la existencia y el destino inexorable que cumplen los personajes, sumidos en la pobreza, la marginalidad, la delincuencia. 

La narrativa de Perrone se agrega a un corpus de literatura que renuncia a las visiones románticas e idealizadas sobre Tucumán como tierra de promisión, a las cosmovisiones nostálgicas de un paraíso perdido por obra de la modernización y el avance industrial  y adhiere, en cambio, a la representación de una realidad conflictiva, concentrándose en las permanentes contradicciones políticas y las injusticias sociales. Una situación que se produce a raíz de la pervivencia de antiguas estructuras provincianas en un mundo de grandes transformaciones. Todo esto actúa como telón de fondo porque lo que asciende a primer plano son las existencias desdichadas de personajes sombríos; explotados, muchas veces forzados a cometer acciones fuera de la ley. El hábitat en el que se mueven (bajos fondos, tugurios, etcétera) no es favorable a la expresión de sentimientos puros o nobles y cuando prosperan se cruzan con instintos más bien crueles. Las transgresiones son posibilidades abiertas en un mundo donde los personajes ponen de manifiesto perfiles que motivan desconfianza.  

Como señalé antes, las novelas refieren distintas etapas de la vida. La narración de la infancia y adolescencia en Tucumán corresponde a la voz de Antonio en Días  de reír, días de llorar, mientras que en la adultez prevalece el punto de vista de Gervasio, el cafiolo de Visita, francesa y completo; después Pablo, vendedor y escritor malogrado, asume la perspectiva de la narración en Los pájaros van a morir a Buenos Aires. Aquí el espacio ha cambiado, a excepción de dos viajes grupales, primero a Rosario y después a Jujuy, la trama se despliega en la gran ciudad: “el escenario donde conviven con aterradora cotidianeidad la inocencia y la muerte”, según indica el comentario de tapa (ed. Galerna, 1983). Esta información debajo del título recuerda los anuncios de libros de consumo medio y popular, insertados en publicaciones de circulación periódica. Durante las primeras décadas del siglo XX en La novela del día o El cuento ilustrado, los anuncios tenían la función de guía para el lector poco enterado, asegurándole una elección adecuada a sus expectativas y al propósito de ampliar el horizonte de lecturas.  

Si pensamos a los tres libros que siguieron a Preso común de modo unificado y a sus protagonistas como variaciones del alter ego de su autor, advertiríamos que la temporalidad no se organiza de acuerdo al fluir de la vida de un sujeto hegemónico, ya que no se trata, stricto sensu, de una trilogía. Para que así fuera las novelas deberían tener unidad narrativa o argumental y los mismos personajes; existe, entonces, la posibilidad de entender que la cosmovisión de los actores principales representaría, en suma, momentos de vida en los que el autor intercala sus experiencias. La aparición de los textos no persigue el orden cronológico de una trayectoria vital única, sino que el lector estaría en condiciones de reconstruir esta dimensión a partir de fragmentos autobiográficos diseminados en cada obra y en las vicisitudes de sus protagonistas; esto ocurre una vez concluida la lectura del conjunto. El efecto de lectura, vinculado a la biografía de Perrone, se origina en la constante remisión que cualquier lector entrenado es capaz de hacer respecto al caso policial que tuvo resonancia en la sociedad tucumana. El empleo de la primera persona genera la idea de continuidad entre las novelas en coincidencia con la función constructiva de evocar experiencias vividas y lugares de residencia del autor (Tucumán y Buenos Aires).     

El injusto encarcelamiento de Gervasio, en Visita, francesa y completo, las dificultades para conseguir trabajo al quedar en libertad, su posterior deriva hacia el ámbito de la prostitución y la droga transcurren en espacios marginales de Tucumán, y recuerdan sucesos vividos por el autor. Sorprende su carácter visionario al delinear en páginas de esta novela su propio derrumbe, su final de postergación e indigencia; hasta alcanzó incluso a profetizar su propia muerte, encarnándola en Loyola, personaje que termina en la calle y es encontrado sin vida un helado amanecer invernal. 

La historia de Días de reír, días de llorar concluye en marzo de 1973 con la asunción del tercer gobierno peronista, mientras Tucumán se encuentra sumergida en la pobreza a pocos años del cierre de once ingenios azucareros, acontecimiento crucial que produjo la mayor emigración de tucumanos hacia Buenos Aires principalmente. Sobre el final, Antonio describe la situación de crisis: “la zona céntrica está copada por mendigos y criaturas abandonadas; las ollas populares se convirtieron en algo natural; aumentó el índice de mortalidad infantil por desnutrición, y las enfermedades venéreas y la tuberculosis se pasean como pancho por su casa”. Frente a los hechos y las esperanzas cifradas en el voto popular por un futuro sin hambre ni injusticias, Antonio descree en las posibilidades de cambio y lo expresa en términos de otra ilusión perdida. A su vez, en el epílogo, intenta insuflarle fe a su amigo Roberto, trasladado en un avión sanitario a Buenos Aires tras resultar herido por un abuso policial. A consecuencia de este incidente queda paralítico y su inmovilidad podría interpretarse como la incapacidad de transformación de la sociedad, que acentúa la visión negativa de Antonio, su descreimiento de la política y su desencanto del mundo. Roberto es uno de los chicos del barrio que logra encaminar su vida al adquirir formación musical, convertirse en violinista e integrar la orquesta de la universidad, pero sus posibilidades se ven cercenadas después de sufrir la brutalidad policial. 

La novela expone la fatalidad, el destino cruel al que somete Perrone a sus criaturas de ficción con la idea de mostrar una realidad sin salida ni redención para quienes han nacido en la pobreza o cargan con algún estigma que los hace objeto de todo tipo de abusos. Así sucede con el enano, golpeado con saña por sus ocasionales contrincantes cada vez que representa su número en un circo miserable. Otro tanto ocurre con los más débiles en ambientes marginales donde rige la ley del más fuerte. Liliana, en Visita, francesa… debe deshacerse de sus hijos para ejercer la prostitución, obligada por su explotador Gervasio. 

Si bien Días de reír… se enfoca en la infancia pobre de Antonio y sus amigos, esa contingencia no impide el despunte de la alegría, la complicidad de experiencias compartidas en lugares habituales de socialización: el barrio, el conventillo, la escuela, el cine o incursiones para emprender aventuras al aire libre; más adelante carnavales y bailes de clubes. Todos estos recuerdos se priorizan más allá de la mitad de la novela hasta que el personaje llega a la adolescencia, cambia de barrio y ansía cambiar de vida; relacionarse con personas de rango social más elevado, aunque de a poco sus expectativas se frustran. Las aspiraciones de Antonio o las de Gervasio, más inescrupuloso en la otra historia, se asemejan a las que manifiestan los personajes de Roberto Arlt, en tanto anhelan vivir otra vida, sueñan con dar el batacazo, con hacerse ricos sin importar los móviles para lograrlo. En el universo ficcional de Perrone, las pocas probabilidades de sus antihéroes de salir adelante propician la incursión en la “mala vida; personajes, manipulados por otros, ingresan sin conflicto al hampa y muchas veces actúan como si no tuviesen conciencia moral ni sintieran ningún remordimiento de sus actos nocivos. Gervasio, una vez que ha operado su transformación en cafiolo y siguiendo las instrucciones de un mentor, no duda en golpear a Liliana para convencerla de cambiarse a un prostíbulo de mayor categoría; solo muestra empatía cuando ve llorar al hijo menor de ella en el momento de dejarlo al cuidado de otra gente. 

En cuanto a las acciones de los personajes, sería aceptable comprender que no todos se presentan como víctimas de un sistema estatal corrupto, de una sociedad hipócrita e implacable que los excluye y los empuja a la marginalidad o la delincuencia, pues existen otros factores como el libre albedrío que los hace optar por un modus operandi poco transparente con tal de conseguir sus objetivos. Esta actitud se refleja en la personalidad perversa de Pío que no fracasa desde el punto de vista de la sociedad y su doble estándar; cocainómano, adicto al sexo y al juego, obtiene poder  y dinero situándose en otro plano con respecto a los demás actores del relato. 

Al igual que los pícaros de la picaresca española que pasan de un amo a otro, Gervasio realiza su aprendizaje dentro del hampa estrechando lazos con aquellos de los que depende en diferentes instancias. Entabla relación con la gorda Julia y su cafiolo Chicho, para asegurarse un techo; con la Rufiana, que regentea el prostíbulo donde trabaja Liliana; con Pío, el dueño de la whiskería. Por otro lado, se asocia al Zurdo y Alejandro, el amigo narcotraficante y proxeneta a través del cual ingresa al hampa. Pablo Moreti, protagonista de Los pájaros… vive en Buenos Aires situaciones semejantes, pero los rasgos de este personaje, el crudo registro realista con cierta tendencia al hiperrealismo, insinuado en las novelas anteriores, se atenúan en la historia de 1983. Esta última no mantiene ni la densidad ni la sordidez del submundo de Visita, francesa… o determinados pasajes emparentados con el grotesco en Días de reír..

El cambio se comprende si pensamos que los escritores necesitaban vender sus historias, pese a que la censura había cedido, en parte, luego de la Guerra de Malvinas cuando la dictadura se acercaba a su fin. Es probable que Perrone haya preferido no apostar a una historia cruenta ni a un registro más arriesgado por haber sufrido la prohibición de sus libros; es probable también que no contara con la posibilidad de aplicar estrategias como la alegoría, la elipsis o la figuración que le permitiesen experimentar y a la vez escamotear la censura. Por estas razones quizás haya optado por una historia más convencional, sin abandonar su proximidad con los géneros populares ni la crítica social oportuna que se ajustase al realismo.

III.    

Los pájaros… recupera zonas menos oscuras de los seres humanos, pero todavía persiste el determinismo que conlleva al fracaso de las acciones emprendidas por los sujetos que movilizan la trama. Pablo, vendedor ocasional de artículos de kiosco, escritor sin inserción en el campo literario, muestra un perfil psicológico de alguien inconstante, dedicado al rebusque y al juego, con escasa capacidad de superar los obstáculos de su entorno. Vive en un modesto hotel mientras mantiene un trabajo informal, pero a medida que surgen los aprietos económicos y su realidad empeora lo cambian, de favor, a un altillo hasta que al fin no puede cubrir las deudas y queda en la calle. Bebe ginebra en demasía y busca modificar su situación económica, pero no consigue hacerlo en un contexto de crisis inflacionaria ni tampoco obtiene riqueza por azar. Embaucado por un falso proveedor comete un delito que ignora, lo detienen un breve tiempo hasta que los amigos prueban su inocencia. 

A diferencia de las primeras novelas, los nuevos personajes de Buenos Aires no observan facetas tan oscuras ni actúan por impulso y sin conciencia como los anteriores. La modificación de las conductas se percibe con claridad en dos interlocutores que asumen el rol de figuras parentales con relación a Pablo: el gallego Paco, dueño del boliche donde se reúnen “los parias” y Don Roque, quien acompaña a Pablo y lo apuntala en situaciones difíciles. Ambos tienen la función de dar consejos, de ayudar al protagonista a lograr sus objetivos una vez que abandona las grandes ambiciones y sueña con tener una familia y casa propia. Don Roque le compra zapatos y Paco le consigue un trabajo estable luego de que recupera la libertad. Tal instancia permite a Pablo retomar una vida más organizada y volver a encontrarse con Evangelía, a quien conoce en la calle mientras la policía los intercepta para solicitarles documentos de identidad.  

A diferencia de Gervasio, Pablo recibe ayuda desinteresada de Paco y Roque que se muestran siempre bondadosos; no intentan explotarlo ni incentivarlo a ningún vicio ni implicarlo en acciones delictivas. Aún así Pablo vacila acerca de sus verdaderos deseos, se debate entre retomar su actividad como escritor y lograr que sus novelas funcionen en el mercado o salvarse, por mediación del amor, una vez que ha fracasado en las apuestas de Rosario y deja de lado aventuras como el viaje a Jujuy para vender artesanías.  

  La narración de los sucesos en las tres novelas se presenta sin complicaciones desde el punto de vista de la temporalidad.  Los pájaros van morir a Buenos Aires se concentra en la historia de Pablo que evoluciona de acuerdo a un orden expositivo sin alteraciones, en tanto reproduce la sucesión de los acontecimientos que asegura el sentido de los episodios y peripecias. La lectura lineal ofrece una comprensión que no requiere del lector volver atrás las páginas con intención de retomar puntos poco claros o el deslinde de ambigüedades en el relato. Con frecuencia hay marcas que expresan el tiempo transcurrido de modo que la lectura no se vea obstaculizada con alguna duda en el desarrollo fluido de los hechos ni disminuyan el placer y la curiosidad del lector.         

Episodios violentos con gente armada, estallidos de bombas y el permanente ulular de sirenas en la ciudad describen el escenario de la acción, el contexto de represión estatal comandada por José López Rega, a cargo de la Tripe A, que se profundiza después de la muerte de Perón. La novela registra la muerte del presidente con respeto, sin dramatismo. El narrador no se priva de apuntar su crítica contra las organizaciones armadas, las confrontaciones dentro del peronismo y el cese total de actividades por duelo: “Había muerto Perón. Lo escuché por la radio y cerramos el depósito. Por las calles caminaban columnas de gente hacia el congreso, donde lo velarían. Mi admiración por la doctrina justicialista y por Eva Perón me decidieron. Me llevó don José en su auto […] entré en el bar que está frente al hotel Savoy […] Me fui al baño. Cuando regresé encontré a un hombre […] gritándole al dueño del bar que si no se había enterado de que Perón había muerto. ¿Por qué tenía el bar abierto? […] Todos los bares y restaurantes de Buenos Aires tuvieron que cerrar. Y los cientos de miles de trabajadores que viven en hoteles y pensiones, auténticos peronistas, sin armas, y los que llegaron desde las provincias para el velatorio, no tuvieron donde comer ni donde hacer sus necesidades”. 

La crítica, a veces, asociada al humor no se reduce a la política y tampoco la cosmovisión se restringe a la voz narradora. En otros pasajes el narrador cede su discurso a personajes situados fuera de la historia, sin nombres que los identifiquen (un camionero, el parrillero); gente común que vierte sus opiniones sobre la situación social. Dichos parlamentos muestran la intención de hacer oír la vocinglería popular refiriéndose al clima de época de acuerdo al tiempo del relato. Las voces transmiten disputas ideológicas, el enfrentamiento entre militantes de partidos hegemónicos (peronistas y radicales); asimismo, la angustia de las mayorías por la inflación, el hambre y la falta de trabajo. Paco se lamenta de que en su bar haya mesas vacías y piensa radicarse con su familia en Venezuela. Don José, patrón de Pablo, comenta con humor punzante el desabastecimiento, la inflación y el sobreprecio de los alimentos: “¿Y qué sé yo dónde estará el aceite? ¡Se lo habrán gastado todo en las Invasiones Inglesas. Haz una cosa, pregúntale a López Rega! ¡ja, ja, ja, coño… yo tampoco me animaría! […] Sí, el azúcar te mando, pero con el nuevo precio […] ¡El nuevo precio de hace dos minutos!”.

Respecto del ambiente literario el protagonista asiste a la entrega del premio Casa de las Américas que se realiza en una quinta. Él, aunque es escritor, se siente al margen y prefiere conversar con un parrillero que hace comentarios humorísticos sobre los intelectuales de distintas tendencias ideológicas: “Escuché hablar del hambre de los pobres a las barrigas más grandes de izquierda y de derecha, peronistas y radicales, socialistas y conservadores […] Si seguís escribiendo, charrúa, hacé como el gordo de Pobres, pobres… Escribí poco con la izquierda y cobrá mucho con la derecha. Ja, ja, ja…”. La inclusión de voces ajenas ejemplifica el postulado de Mijail Bajtín, para quien “detrás de cada enunciado resuenan los lenguajes sociales”, con lo cual se vuelve verosímil lo narrado y se revela la ideología de los discursos fusionados en la ficción novelesca. 

La historia de amor de Pablo y Evangelía ocupa los últimos capítulos, pero concluye de modo inesperado porque sus vidas están destinadas al fracaso, más allá de que conciben un hijo y llegan incluso a consumar el matrimonio. Estas peripecias recuerdan las tramas de la novela sentimental y sus elementos tardo románticos. No es casual que, en el primer encuentro, Pablo observe que ella guarda sus documentos entre las páginas de un libro de Bécquer. Según su explicación, estaba interesada en la biografía del poeta, quien había sufrido la pobreza y muere de tuberculosis a los treinta y cuatro años sin alcanzar a publicar sus obras. Estas incursiones folletinescas no llegan a ser paródicas;  no contienen la fuerza ni provocan el impacto estético de las novelas anteriores, en un momento en que otros narradores habían comenzado a cuestionar la representación del realismo. En esta misma órbita, pienso en los cuentos de Aquí pasan cosas raras (1975), de Luisa Valenzuela que, aunque explotan el humor negro, se unen a tendencias profundizadas en los años de la dictadura, pero que en rigor de verdad habían comenzado antes. Así lo prueban otras propuestas vanguardistas de los setenta: textos innovadores como El frasquito (1973) y Brillos (1975), ambos de Luis Gusmán, Marcaró (1975) de Haroldo Conti, Kincón (1975) de Miguel Briante y las dos novelas de Perrone publicadas en el mismo contexto. Estas, si bien muestran su impulso renovador a nivel de los contenidos y el lenguaje utilizado, no llegan a innovar en el plano de la forma a la manera intensificada en que lo hacen otros escritores realistas de la segunda mitad del siglo XX. Aquellos que continuaron el ritmo de transformación de la novela europea y norteamericana, sumado al de la Nueva Novela en Latinoamérica. Manuel Puig, Eduardo Gudiño Kiefer, entre otros, procesan materiales de la cultura popular –literarios y no literarios– sometiéndolos a experimentaciones vanguardistas.     

El tiempo del relato de Los pájaros… retorna a la realidad oscura de los setenta, pero en otro registro, ya que la literatura no responde con estricta simultaneidad frente a la radicalización de la política, el terrorismo de estado iniciado por la Triple A y la desmesura de la represión. Es cierto que los hechos se imponen por sobre la literatura y expresan ese vínculo de aprobación y rechazo, de permanencia de lo anterior y surgimiento de lo nuevo que equipara la relación entre el arte y la historia que le es contemporánea. 

El principal valor de esta obra, que Falta envido recupera para los lectores, reside en el cuadro de costumbres de la época que retrata y en su trasfondo de crisis institucional y violencia política de los años setenta que marcaron la historia argentina. A semejanza de las novelas de aventuras, el salvaje mundo Perrone está poblado de una multitud de personajes; seres solitarios situados al margen de las pautas sociales que, junto a los protagonistas, circulan por espacios diversos –conventillos, prostíbulos, hoteles baratos y bares de mala muerte–; mantienen largas conversaciones, realizan oscuras transacciones, traman fechorías que a menudo no rinden los beneficios esperados o apuestan a números de Quiniela y Prode pero nunca aciertan, simplemente fracasan. Las novelas de Perrone ¿qué son, sino historias de fracasos? Sin embargo, cuando se termina uno de sus libros, que casi siempre terminan mal, se extrae de él una nueva energía. Alguna vez dijo Federico Fellini: “Creo que eso es el arte: la posibilidad de transformar el fracaso en victoria, la tristeza en felicidad. El arte es un milagro”. 

a Zaida y Daniel por el amor a la literatura y a los libros

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